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•mayo 13, 2013 • Dejar un comentario

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Sergio y Linney.

Dios y el sufrimiento: ellos te serán como joyas

•enero 28, 2011 • 3 comentarios
Diamante

"ellos serán como joyas que te pondrás, como los adornos de una novia"

Hace pocos días tuve la oportunidad de ir a un hospital especializado a que me hicieran un análisis de sangre. Llegué a la sala de extracciones y me formé en la fila. Ya había pasado por esto otras veces, así que estaba en general relajado, pero creo que en el fondo el pensamiento de una aguja entrando en mis venas me creaba cierto desconcierto.

No tuve tiempo de pensar mucho en esto. De la sala salían gritos, o más bien alaridos de dolor, de miedo, de inseguridad, de desconfianza. Eran de un niño pequeño (de unos cinco o seis años). Me asomé a ver qué pasaba. En el sillón de extracciones estaba acostado el niño. Lo estaban aguantando entre su padre y varias enfermeras, mientras su madre le tapaba los ojos con una venda. Así, inmovilizado, otra enfermera le realizó la extracción.

Luego salió el niño con sollozos apagados, sorbiéndose las lágrimas y mirando asustado a los lados, como asegurándose de que su sufrimiento hubiera terminado. Iba en brazos de su padre, que trataba de consolarlo diciéndole palabras amorosas y dándole besitos y abrazándolo. El niño se recostó finalmente en el hombro de su padre, volviendo la cabeza hacia atrás al tiempo que le decía: «no quiero verte más». Y así se fueron.

La escena que describo tenía todos los elementos de la tragicomedia, pero me sirvió para meditar en nuestra actitud hacia Dios cuando vamos pasando por las diversas circunstancias de nuestra vida. El sufrimiento es una realidad de este mundo caído. No hay ninguna garantía bíblica de que no vamos a sufrir en este mundo; más bien Jesús nos advierte: “En el mundo, ustedes habrán de sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo.” (Jn 16:33, DHH). (Ver también 2 Tim 3:12). ¿Y quién quiere sufrir?

Por otro lado hay una promesa muy poderosa en la Biblia que nos brinda la otra cara de esta moneda: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, a los cuales él ha llamado de acuerdo con su propósito” (Ro 8:28, DHH). Podemos tener confianza de que si estamos con Dios, aun el sufrimiento redundará en nuestro bien. Podemos confiar en la palabra de Dios incluso cuando no veamos inmediatamente los resultados. Esto fue lo que le faltó al niño de nuestra historia, en su inmadurez: el pensar «si mis padres, que me aman y quieren lo mejor para mí, me hacen pasar por esta prueba; si me dicen que es por mi bien, entonces voy a estar tranquilo y confiado». Parece sencillo, ¿verdad? ¡Hasta que nos pasa a nosotros!

No siempre podemos entender lo que Dios hace con nosotros, ni sus planes para nuestra vida, ni los resultados de las experiencias por las que pasamos. Pero sí podemos confiar. Y de esta forma cosecharemos bendición.

Otra advertencia interesante de la Biblia es que el dolor en sí no necesariamente nos hace crecer. Es necesario que este venga acompañado de una actitud espiritual de parte nuestra:

“Pues ya saben que cuando su fe
es puesta a prueba, ustedes aprenden
a soportar con fortaleza el sufrimiento.
Pero procuren que esa fortaleza los lleve
a la perfección, a la madurez plena,
sin que les falte nada. “
(Stg 1:3-4, DHH)

El pasaje nos da a entender que no necesariamente el fruto de las pruebas es de bendición. Si no tenemos una actitud espiritual podemos salir dolidos, resentidos, secos.

¿Y qué podemos aprender del sufrimiento? Yo siento que me ha ayudado a ser humilde, a darme cuenta de mi propia fragilidad y mis limitaciones. Me enseña a tener compasión por otros que pasan por diversas pruebas. Aprendo que no hay bienestar duradero en este mundo y me enseña a anhelar el cielo. Veo con más claridad cómo necesito ser perdonado, por Dios y por los hombres, y cómo necesitan otros de mi perdón. Me hago más fuerte, comienzo a soportar con más entereza la crudeza de la vida. Maduro, veo con mayor claridad los tonos de grises donde antes veía solo en blanco y negro. Admiro a otros que han vencido pruebas mucho mayores (Heb 12:4). En una palabra: me lleno más de Dios.

Volviendo a la escena del niño, incluso diciéndole estas cosas a su padre, este no dejaba de mimarlo y consolarlo. Me hizo acordarme del siguiente pasaje en el que Dios consuela a su pueblo con palabras muy hermosas:

“Sión decía:
‘El Señor me abandonó,
mi Dios se olvidó de mí.’
Pero ¿acaso una madre olvida
o deja de amar a su propio hijo?
Pues aunque ella lo olvide,
yo no te olvidaré.
Yo te llevo grabada en mis manos,
siempre tengo presentes tus murallas.
Los que te reconstruyen van más de prisa
que los que te destruyeron;
ya se han ido los que te arrasaron.
Levanta los ojos y mira alrededor,
mira cómo se reúnen todos
y vuelven hacia ti.
“Yo, el Señor, juro por mi vida
que todos ellos serán como joya
que te pondrás,
como los adornos de una novia (…)”

Isaías 49:14-18 (DHH)

Pienso en aquellos que dieron su vida por Cristo, en los que murieron en Roma, Cartago, la Siberia, la selva amazónica… En los que nunca pudieron llegar a ser “algo” en este mundo por ser cristianos. Pero ahora nos los veo en su dolor, sino en el Reino; con cada azote como joya, con cada insulto adornando sus vestiduras, con cada oprobio bordado en oro fino. Y pienso en ti y en mí, en nuestros adornos en el cielo que hoy forjamos en este mundo. Y deseo que nos vistamos allá como la novia más hermosa: limpia, reluciente, pura…

Ni fanáticos, ni santurrones

•marzo 2, 2009 • 3 comentarios

Uno de los miembros de mi congregación es popular por sus bromas. Cuando está frustratdo por algún problema exclama: Ay, qué ganas tengo de que venga Cristo, y caiga azufre del cielo! A todos causa risa esta frase viniendo de alguien con tremendo sentido del humor.
Aunque no acostumbro a expresarlo así, es la misma amargura que se apodera de mí cuando voy por una calle de mi ciudad y algún atrevido me suelta una grosería. O cuando estoy cerca de gente agresiva por alcanzar algo que quiere comprar y se acaba. O cuando veo parejas discutiendo en público, y hasta golpearse. O cuando sé que me están robando en un mercado, o cuando sé que mis autoridades me están mintiendo. Sí, siento y digo con toda honestidad, Ven Señor, ahora mismo! Tu Reino es mejor!
Los cristianos del hoy tienen retos idénticos a los del primer siglo, y otros algo diferentes.
Es el mismo mundo perdido que solo no puede salvarse.
Son las mismas religiones que, en manos de los poderosos, dividen a la gente.
Pero el mensaje de Cristo para el hombre es idéntico ¨ayer, hoy y siempre¨.
La diferencia es que hoy somos una generación cuyos padres y abuelos se rebelaron contra la autoridad. No sin razón. Pues llegó a ser una autoridad hipócrita, corrupta y represiva. Y con mucho dolor vemos en la historia que el nombre de nuestro Dios se ha usado para el mal. No es impensable que hoy se sospeche que nos las damos de santurrones, o que somos fanáticos. Pero ahora la herencia de nuestros padres es el libertinaje. Un mundo que rechaza a Cristo de otra manera. En mi ciudad nadie me echaria de un empleo o de mi vecindad por saber que soy cristiana. Pero sí se burlarian de mí, me ignorarían, los pondría incómodos si les comparto algo de las obras de Dios durante la hora del almuerzo. Lo que casi siempre me ha sucedido es que me miran como una santurrona o, peor, como una fanática.
Entre liberaciones morales, sexuales, en menor medida sociales, y enajenación y consumo de basura espiritual y una mala interpretación del concepto libertad, hemos llegado a ridiculizar la buena autoridad y los limites sanos. Hoy no se rechaza al cristianismo abiertamente, solo lo extremos. La moda es no acoger demasiado ninguna doctrina y al rechazarla, no dar la impresión de que la rechazamos demasiado. Según esta tendencia todos son algo ” cristianos”, pero definitivamente la mayoría desconoce el mensaje principal de Jesucristo.
Por otra parte las instituciones religiosas, incluso las reformadas, incluso las creadas por movimientos de auténtica restauración, no pueden evitar hacer su papel de madre: educar los conversos transmitiendo las verdades de Dios y al mismo tiempo trasmitiendo sus errores humanos. (Que Dios me ayude, yo también deseo ser madre).
En la mayoria de las naciones, sobretodo las más ricas, los cristianos hoy somos un poquito más libres de persecusiones externas. Pero enfrentamos enemigos más peligrosos. El puritanismo: creer que lo bueno que tenemos en moral es nuestro logro, y no tanto el fruto del perdón de Dios. Así podemos discriminar a los que todavía no conocen o no entienden ese perdón. Y el fanatismo: llegar a creer que es justo que nosotros mismos sancionemos y hasta odiemos a los que no comparten nuestras convicciones. Que no es lo mismo que estar dispuestos a ser sancionados y odiados por las nuestras, lo cual sí sería seguir a Cristo al pie de la letra. Ser fieles nosotros al amor de Dios pero nunca pretender obligar a otros a ser fieles.
Mirar a otros con desdén para Cristo es hipocresía. Obligar a otros, para Cristo es tiranía, no amor escogido libremente. Pero no hablar de Cristo por miedo a ser mal vistos, para Cristo, y hasta para el mundo es cobardía.
Ni hipócritas, ni fanáticos, ni cobardes.

El cristiano y la sociedad

•enero 23, 2009 • 3 comentarios
Dilema de Hettie Koens

Dilema de Hettie Koens

En la época de Jesucristo viviendo en Israel, se acercaron a él varias veces para que declarara su posición ante fenómenos políticos y religiosos. Por ejemplo, qué partido tomaba ante la presencia imperialista del gobierno romano, ante los abusivos impuestos por parte de este, incluso ante el impuesto del Templo. Pareciera que Jesús no tuviera ninguna opinión sobre los acontecimientos políticos que ocurrían en aquel tiempo. El hecho de que no se manifestase en contra del gobierno romano, de la corrupción de sus funcionarios (soldadesca, cobradores de impuestos), de la esclavitud en sí misma, y en general en contra de la injusticia en las relaciones de servidumbre laboral y social, no significa que Jesús no tuviera una opinión al respecto. Tampoco que no diera instrucciones a sus seguidores en estas áreas de sus vidas.

La opinión oficial de varias denominaciones cristianas y de no pocos cristianos en general es la neutralidad en estos asuntos y que nuestras vidas no reflejen partido ni a favor ni en contra del entorno social, político y religioso (sobre todo en lugares donde la religión es el asunto político). La idea más aceptable sería encajar en este mundo, enfocándonos en determinados retos personales de fe en nuestra relación con Dios y acogiéndonos a las costumbres aceptadas como decentes, sin cuestionarnos las costumbres para no meternos en ningún tipo de problema. Todos estaríamos de acuerdo en que esto es lo más cómodo. Pero, esto no fue lo que hizo Jesús.

Su silencio ante el estado de corrupción estatal y disfuncionalidad de la sociedad habla más de su posición que mil discursos o arengas políticas. El hecho de no promover ninguna otra alternativa socio-económica, incluso religiosa, ¿no luce sospechosamente como “esto tampoco es la solución”? ¿O será que era demasiado bruto para opinar sobre el tema? ¿Es que acaso los cristianos de hoy no podemos cuestionarnos, mientras anhelamos mantenemos separados del mundo, y justamente para no mancharnos de él, si el salario que le pago a mis empleados le alcanza para comer? O me digo fugazmente: “es lo que todo el mundo paga”. O si viviera en la época del esclavismo también tuviera esclavos y los tratara como tal, porque es mi derecho y  todo el mundo lo hace así. O si mis estudiantes menos aventajados van a desaprobar mi asignatura y el año porque no es mi obligación repasarles fuera de horario aunque nadie me lo prohíba y me sobre el tiempo para ver muñequitos manga en internet. O que en mi trabajo me lleve las cosas de la institución que necesito en mi casa, sin que mi jefe lo sepa, porque no soy bobo, y en definitivas, todo el mundo lo hace. O si puedo dormir tranquilamente sin atreverme a deducir que mis hermanos de la iglesia, a quienes veo dos o tres veces por semana, tienen un problema. Es mi derecho que me baste con orar por ellos (si me acuerdo).

El hecho de que el hombre y su justicia no controla ni juzga TODOS mis actos, no significa que Dios no vea y juzgue TODAS las intenciones del corazón. Estar en paz con nuestra conciencia cada día no es lo mismo que adormecerla, endurecerla, paralizarla para que no nos moleste y nos lleve a hacer sacrificios que agraden a Dios sin que nadie nos vea y nos alabe por ello. Tampoco nos justifica el “todo el mundo lo hace”. Si no, podríamos explotar, discriminar, abusar, utilizar y robar a la gente y luego irnos a orar a la iglesia con toda tranquilidad.

Sí, las cosas aquí abajo son como son. Pero dar “al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:21), no significa descanso para el cristiano. Significa, por el contrario, un intenso juicio crítico ante lo que nos rodea. El Reino es formado con gente de este mundo. Coexiste con el mundo, pero no lo sirve a él. Lo trasciende. Sus miembros son personas comunes, pero hay frutos extraordinarios en sus vidas. Frutos que los distinguen en medio de la esterilidad humana.

Jesús es la fuerza más revolucionaria de todo el universo. No toca las estructuras de este mundo con ánimo de aplastarlas, pero cambia el corazón de algunas personas y las invalida para funcionar exitosamente en este mundo, preparándolas para otro andamiaje que no se destruye.

Qué dice la Biblia sobre el hábito de fumar

•julio 7, 2008 • 31 comentarios

Te sorprenderá saber que la Biblia tiene una escritura que condena el hábito de fumar. ¿Lo dudas? Mira más abajo este pasaje que te muestro en la foto (Lc. 7:23»37, RVR).

Fumar en la Biblia

La Biblia prohibe fumar

Desde luego, es una broma. Esta curiosa combinación se da sólo en algunas ediciones de la versión Reina Valera de las Sociedades Bíblicas Unidas, pero no deja de ser una coincidencia asombrosa. O sea, para que a nadie le queden dudas, la Biblia no habla directamente sobre el hábido de fumar (el tabaco no sería descubierto hasta la llegada de Colón al continente americano), pero sí habla sobre los vicios («…no debo dejar que nada me domine» 1 Cor. 6:12, VP) y sobre el cuerpo como templo del Espíritu Santo (1 Cor. 6:19).

Sequedad espiritual

•julio 3, 2008 • 4 comentarios

Recuerdo los tiempos en que comencé a conocer de Dios. Todo era increíble y el agua viva del mensaje de Jesús me llenaba de una manera especial. Creo que todos tenemos recuerdos similares. Con el paso del tiempo llegas a un período de estabilidad y aprendes a sortear los dardos del maligno (Ef. 6:16).

Ya en esta etapa de tu vida cristiana, probablemente la mayor amenaza sea el estatismo: que dejes estancar las aguas vivas del Espíritu y termines con una fe marchita. He aquí la sabia advertencia del Maestro:

Ustedes son la sal de este mundo. Pero si la sal deja de estar salada, ¿cómo podrá recobrar su sabor? Ya no sirve para nada, así que se la tira a la calle y la gente la pisotea. (Mateo 5:13, VP).

Resulta extraño este pasaje en nuestros tiempos. No sé tú, pero yo nunca he visto que la sal pierda su sabor. Sin embargo no ocurría así con la sal de los tiempos bíblicos. Esta muchas veces provenía del Mar Muerto y no era una sal pura (generalmente contenía también yeso y otros minerales) y con el envejecimiento perdía paulatinamente su sabor. Magnífica imagen esta de la sal. Al igual que la sal de la Biblia, nosotros no somos 100% puros. En nuestro interior puja por dominarnos nuestra naturaleza pecaminosa, ese otro yo que nos come por dentro y, por fuera, el mundo que nos rodea pleno de incitaciones al pecado. La sal no se desvanecía de un día para otro, no era este un desvanecimiento «mágico», sino que día a día, lentamente, iba perdiendo su sabor.

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He aquí un peligro verdadero: que nos acostumbremos a la sequedad espiritual, al «no pasa nada», a la falta de sueños espirituales y nos veamos perdidos al final del camino, sin saber a ciencia cierta cómo fue que vinimos a perdernos.

Es necesario ir a Jesús, a la espiritualidad viva del Maestro que hará que broten de nuestro interior manantiales de vida. Será necesario humillarnos, reconocer que por nosotros mismos no somos capaces, buscar ayuda en otros que nos miren con los ojos del Espíritu y renovar nuestra amistad con Dios. Todavía estás a tiempo. Dios está disponible para ti. Solo recuerda la promesa: «Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.» (Jer. 33:3, RVR). Es tu decisión: decídete y da sabor.

Una Antigua Historia de Amor

•abril 10, 2008 • 2 comentarios

Por Linney

Si yo hubiera sido María, comprometida ya para casarme, cuando el ángel del Señor se presentara a anunciarme que iba a quedar embarazada y concebir un futuro rey, habría pensado que Dios intentaba acabar con mi vida. Probablemente habría pensado en primer lugar que tal engendro no era posible. De serlo, mi prometido no iba a tragarse el cuento; luego de rechazarme oprobiosamente, me matarían a pedradas, según la ley y quedaría en ridículo ante todo el país.

Si hubiera escapado con suerte y me hubiera casado, no habiendo planificado tener un hijo tan pronto, sin estar preparada para hincharme y sentir las molestias propias de un embarazo, habría mirado mi futuro de esta manera: un mal comienzo matrimonial, desconfianza entre mi marido y yo a causa de la duda, o resentimiento de él a causa de una supuesta certeza y para colmo un hijo no deseado.
Ni siquiera hubiera escuchado al ángel decir: “Llena eres de gracia, el Señor está contigo”.

Pero…

Dios diseña el plan y piensa en la promesa que necesitan aquellos que van a hacer su voluntad.
Nunca me había detenido a imaginar que Dios también creó una familia maravillosa para Jesús. No dice la Biblia que María era bella como Judit o Ester, o sabia, como Débora, tampoco dice que tenía una familia rica (Lucas 1:26-36). De José, no dice que era un súper entendido en temas espirituales, o un líder como David, un profeta como Zacarías el padre de Juan el Bautista. Solo menciona que era un hombre justo. Alguien que actuaba en consecuencia con su entendimiento y eso bastaba (Mateo 1: 18-24).

Dios sabe lo que hay en los corazones de los hombres.

Y escogió para su plan perfecto la pareja perfecta: un hombre y una mujer sencillos que se amaban poderosamente.

¿Cómo lo sabemos?

Ella:

Puso por delante el plan de Dios sin tener la seguridad de que no se iba a dañar el suyo propio. Estuvo dispuesta a perder su futuro, su matrimonio, su vida. ¿Quién que no ame a Dios así puede amar con excelencia al prójimo?

Luego, no usó artimañas para retener a su novio. En primer lugar, él se enteró de todo por ella misma. Sólo le dijo la verdad, por muy loca que de hecho era.

Y esperó.

El:Mar�a, José y el ángel

Imaginen la cara de José, perplejo, rascándose la cabeza, con el corazón oprimido antes de tomar la decisión de ¡lapidar a su novia! no, eso no, aunque ella hubiera sido capaz de traicionarlo… Pero, tampoco podía quedarse con ella, porque, él ya estaba mayorcito y bien informado de cómo se conciben los bebés… En todo caso no lo entendía bien. Debía desaparecer, dejar casa, trabajo, amigos y parientes, su vida.

Dios:

Hace la parte que no puede el hombre: mostrar la verdad. El ángel del Señor también habló a José para que confiara y “cuando José despertó hizo lo que el ángel del Señor le había mandado”.

Se casaron.

A partir de entonces, todo marchó vertiginosamente.

“pero no vivieron como esposos hasta que ella dio a luz a su hijo, al que José puso por nombre Jesús”.

¿Por qué? ¿No estaban ya casados?

Si así hubiera sido, no habrían infringido ninguna ley. Pero Dios no se equivoca. Escoge personas que van a superar el quedar bien ante los hombres y acoger Su manera, libre para crear lo nuevo infinitamente. O sea, ni José anduvo tratando de meterse en la cama con María ni ella anduvo sonsacando al pobre con besitos y miradas, a ver qué pasaba. Pudieron esperar.

¡Qué historia!

Mi fe era que las personas están dispuestas a quererse cuando existen las condiciones ideales. Si tomo esta historia como paradigma, entiendo que el Amor no es el dulce sentimiento que resulta de vivir en una burbuja donde todo es ideal y predecible: ambos amantes, impecablemente lindos, buenitos, de buenitas familias también, bien educados y hasta sobresalientes en sociedad, en la iglesia, por cualquiera de los dones que fuera, y entonces se casan… Nunca una duda, una discusión una diferencia… todo es sonrisas y armonía… y viven felices hasta que la muerte los separa o se los lleva a los dos juntitos, llenos de nietos, ya ancianos, desdentados y pelones.

Me atrevo a definir el amor más grande como un guerrero herido que atraviesa un campo de batalla, y recibe más gloria mientras mas encarnizado es el combate y superiores sus enemigos. Como un edificio que se construye para ser habitado por toda la vida. Este edificio necesita un buen empujón, un choque de mil toneladas de lo más destructivo: odio, confusiones, envidia, tentaciones, mentiras. Necesita pruebas de sacrificio, solo para tener la certeza de que va a soportar mucho tiempo. La prueba de existir en este mundo hasta que se acaben todas las cosas, incluso la fe y la esperanza… y sobreviva. Si no, no sirve. Es un papel de celofán, una cáscara de huevo, una pared hueca bien pintada. Una rodilla astillada, un diente roto, una mentira, un cadáver putrefacto, cuanta cosa abominable exista y esté condenada a desaparecer.

Me siento tentada a pensar que María y José pudieron agradar a Dios porque ellos eran ideales, un monumento espiritual, no tenían debilidad alguna y mucho menos pecado: ¡eran como dos angelitos! Pero no. Da lo mismo María y José, Pepe y Juliana, Arturo y Rosa, Karina e Iván. Todos vivimos en el mismo mundo y estamos hechos del mismo barro que se deteriora y sufre y anhela gozar de la vida. La única diferencia para amarse magníficamente es por la fe en Dios. No en el Dios que está fuera de nosotros, al que solo conocemos por referencias de otros o por libros, o por sermones. Todo eso ayuda al principio, pero va más allá de una buena conducta o de cumplir determinadas obligaciones. Hablo del Dios-Amor, que conocemos porque no podemos contenerlo adentro: intenso como fuego consumidor, tsunami, terremoto y huracán, todo eso junto. Al mismo tiempo es suave adentro y fuera de nosotros. Agua para flotar y extinguir las pasiones egoístas. Bueno para repartir y saciar. Y a nadie le cabe duda que es Amor o Dios porque no puede destruirse. La roca bajo los pies, el surtidor inagotable, un ejército irresistible en marcha, la vida verdadera, la vida abundante, la vida eterna.

La verdad, todo esto da mucho miedo porque me desagrada de antemano la idea de perder mi vida por alguien que, tal vez, no me corresponda. Y porque me conozco, ya muchas veces dije al Señor “déjame en paz, no quiero complicaciones”. Luego, inmediatamente después, no sucede nada, y más adelante un vacío insoportable.

Los cuatro Evangelios tallan esta verdad si falta: “el que quiera salvar su vida la perderá. El que pierda su vida por mí, la salvará.”

Aquí dejemos mejor hablar a las Escrituras:
Mateo 10:39; 16:25; Marcos 8:35; Lucas 9:24; 17:33; Juan 12:25

Creo que mirándolo bien, se entiende.

El que ama, vive…

 
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